No Al Olvido

viernes, 10 de abril de 2020

# La muerte opaca..Oración laica para no perder pie entre la esperanza y la angustia"..Carlos Alsina reflexiona en su monólogo sobre la crisis del coronavirus.... Vídeos 2 ...!!!!

La muerte no es un hecho relativo susceptible de cálculo estadístico; si te alcanza, tú eres el cien por cien de ti mismo

El salto cualitativo del Covid-19 está en la muerte. La letalidad del virus, por más que resulte baja en términos estrictamente estadísticos, es lo que nos tiene escondidos esperando que pase de largo ante la puerta de nuestros domicilios. La muerte no es una estadística ni un hecho relativo; si te alcanza da igual el porcentaje global porque tú eres el cien por cien de ti mismo. Podemos intentar ocultarla, como hacen con los ataúdes en los noticieros televisivos, o reducirla a una mera cifra que comparar con la de enfermos restablecidos, o segmentarla por capas de edad a modo de ilusorio exorcismo, o tranquilizarnos comprobando que siguen bien nuestros parientes y amigos; pero está ahí y su simple posibilidad,
 la conciencia de su aleatorio peligro ha empujado a medio planeta a encerrarse como único y medieval antídoto. Las víctimas de la pandemia, además, fallecen en una soledad sin alivio, sin funeral, sin duelo, amontonadas en el anonimato de esos horribles tanatorios semiclandestinos. Nadie podrá hablar de vuelta a la normalidad sin proporcionarles siquiera un entierro digno.
Por eso el (pen)último fracaso de la política reside en su incapacidad para establecer un cómputo de bajas claro, en el intento de maquillar el impacto de la crisis mediante una especie de siniestro birlibirloque de datos que han acabado desenmascarando los registros de servicios funerarios. A las consecuencias de todos los errores acumulados se suma ahora el desgarro emocional que provoca este desbarajuste macabro, agravado por la certeza de que la mayoría de los muertos son ancianos, muchos de ellos por añadidura dependientes o discapacitados que han fallecido en residencias en medio de un penoso e inaceptable desamparo. Hay en el caso tres factores concurrentes a modo de cadena de fallos: la ausencia en la estructura autonómica de un modelo homogéneo de cálculo, la escasez de test de detección del contagio y el interés concomitante de las autoridades en ofrecer un número de decesos lo más bajo posible para contener el pánico. El resultado es un nuevo descalabro, una falta de respeto al principio de transparencia, a la opinión pública y a las familias de los finados. Una demostración de nula empatía social que contradice el tono compungido del presidente en sus charlas de los sábados. Quince mil defunciones en menos de dos meses no han bastado para que el poder tenga el gesto de decretar un simbólico luto de Estado.
Alguien parece haber decidido que la tragedia no debe enturbiar la tranquilidad del confinamiento. La epidemia está dejando una generación diezmada, la de los mayores, y al resto de los españoles los trata el Gobierno como menores de edad a los que no conviene alterar el sueño con la crudeza de las imágenes de féretros. Lo dejó escrito la desnudez lírica de Bécquer hace siglo y medio: Dios mío, qué solos se quedan los muertos.......Ignacio Camacho

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