Dios a veces opina. No siempre opina y desde luego no siempre lo hace de un modo inteligible ni siquiera para las inteligencias más brillantes, pero a veces opina claramente y a los ojos de todos es visible lo que quiere decirnos. El apagón eléctrico de Venezuela no es un incidente, es una opinión, una de estas opiniones. Lo dice Joseph de Maistre en Las Veladas de San Petersburgo: «No hay un vicio, ni un crimen, ni una pasión desordenada que no produzca en el orden físico un efecto más o menos funesto». He aquí el apagón: no podemos fijar ni por un momento la vista en él sin leer escrito el anatema.
Lo que el apagón simboliza no es que los venezolanos pasen hambre -que la pasan, aunque Errejón no tenga «estos datos»- sino que se están quedando sin esperanza. Chavez les hundió y Maduro les está estrangulando. Juan Guaidó está intentando hacer algo, y el Occidente libre le da palmaditas en la espalda pero sin tomar decisiones definitivas. Ante tanta lentitud, indecisión y desesperanza, ante tanta indiferencia y tanta inacción, Dios ha decidido apagar las luces por ver si a oscuras consigue que sus hijos venezolanos llamen la atención del mundo. Cuando sólo nos queda estar peor para poder mejorar, cuando la oscuridad es ya el único grito que te queda, ni la ayuda de Dios puede sustituir las lágrimas.
En España las cosas no nos van tan mal y Dios no ha sentido de momento la necesidad de opinar. Pero oscuros tiempos se acercan. Las encuestas no son halagüeñas. Pedro Sánchez no es Maduro, pero Pablo Iglesias piensa igual que Chávez y los independentistas quieren hacernos saltar por los aires. Y esta suma de genios que llevó al doctor Sánchez a La Moncloa es la única, también, que según los sondeos alcanzará en abril la mayoría absoluta. Que ganen este PSOE y este candidato es preocupante para la economía, para la convivencia y para la libertad; pero es aún más preocupante, y más devastadora, la falta de filtros y de resortes, la frivolidad con que los españoles estamos dispuestos a hacernos daño. Es la clase de frivolidad que lleva a la miseria a las fortunas más boyantes y a los países más consolidados.
«Éramos felices y no lo sabíamos», me cuentan mis amigos venezolanos, burgueses y empresarios, que exactamente por esta misma frivolidad, y la tonta manía de niño mimado de andar todo el día quejándose, le rieron las gracias a Chávez y cuando quisieron reaccionar ya era demasiado tarde. Salvador Sostres
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