Pero hoy sabemos como dialoga el independentismo: con las ciudades ardiendo
Al final, vamos a tener que dar las gracias a Quim Torra, a Puigdemont, a Junqueras, a Mas, incluso a los Pujol, quiero decir a la cúpula del independentismo catalán, por haber demostrado, con hechos no con palabras, que se las lleva el viento, la falacia, la mentira, el engaño y embeleco que esconde tras su relato, su mística, su aura a la vez orgullosa y victimista, empezando por aquel «¡España nos roba!» que fue su inicial grito de guerra, hasta que se comprobó que quienes le estaba robando era su primera familia, convertido, de momento, en el despacho de los mossos a zurrar la badana a los desgraciados que habían enviado a defender su causa en calles, plazas, aeropuertos, estaciones y autovías. ¡Ahí se las den todas! Pocas veces se habrá visto una exhibición tan cínica, tan palpable, tan traidora y cobarde por parte un liderato político. Porque, como saben, justificaron esas palizas con la excusa de que querían evitar que fueran acusados de sedición, visto como se las gasta la Justicia española. Mejor unos palos que unos años en la sombra. Cuando a los únicos que defendían eran a sí mismos, al tiempo que intentaban ocultar el fracaso que la «operación 1-O», que debía llevar a la República catalana.
¿Colará? Entre los jóvenes que han mamado desde el parvulario una historia completamente falsificada y crecido a los sones del paraíso que les espera tras alcanzar la independencia, desde luego. Aparte de que, a su edad, cualquier excusa es buena para no ir a clase. Entre los mayores, sobre todo si tienen un negocio o un empleo que puedes perder, la cosa cambia y seguro que la mayoría habrá actuado según los riesgos a correr. Y entre los que piensan un poco y se dan cuenta de adónde les está llevando el tsunami soberanista, muchos estarán pensando si tiene alguna otra salida.
Pues lo que quedó de manifiesto las pasadas jornadas en Cataluña es la superchería de un nacionalismo que sólo favorece a menos de la mitad de la población, confinando al resto a una ciudadanía de segunda clase; que su pacifismo es tan falso como sus promesas y que cada paso que da lo hunde más en sus contradicciones, alejándose de sus objetivos en vez de acercarle a ellos. Un nacionalismo tan pueril como anacrónico que sólo favorece a muy pocos, empobrece Cataluña y la secciona del Estado en el que ha crecido su desarrollo y riqueza. Ayudado, todo hay que decirlo, por unos gobiernos centrales que sólo piensan en ganar las próximas elecciones, incluso con los votos secesionistas, pagados con concesiones de todo tipo. A los que hay que añadir aquellos españoles que odian España, por una razón u otra, entre los que se cuentan los que defienden el «diálogo» como solución del conflicto. Pero hoy sabemos como dialoga el independentismo: con las ciudades ardiendo, los aeropuertos cerrados, las carreteras cortadas y Quim Torra animando a sus chicos: «¡Apretad, apretad!».....José María Carrascal

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