En la cuenca de Matarrosa del Sil ya no hay minas
abiertas, no hay mineros, no hay carbón brotando de
su interior. El bullicio de aquellas máquinas y personas
se apagó, pero entre los silencios abrumadores quedan
los recuerdos y la memoria imborrable de un pueblo.
Quedan muchas historias por contar de aquellas luchas mineras.
Una de esas cuantas historias se acaba de rememorar —40 años después
— con un sencillo homenaje al que fuera su párroco
, bautizado por los mineros y sus feligreses como
el «cura rojo». Javier Rodríguez Sotuela fue su
sacerdote durante una década, en los tiempos duros
de las peleas laborales, los años de hierro y fuego de huelgas,
encierros y confrontación social. Años en los que las fuerzas
del orden y la política nacional, provincial y local actuaba con contundencia.
El fue capaz, en aquellos años de inmovilismo, de procesionar
los santos con las pancartas sociales de los mineros detrás.
Javier Rodríguez decía ayer que el cura tiene que estar con
el pueblo y aquellos mineros y sus familias lo necesitaban.
Por eso, a la puerta de la casa de alguna de esas familias les
hizo aparecer un saco de patatas —sin más—, para llevar mejor
aquellos tiempos de contiendas; tiempos en los que no
llegaba la nómina a fin de mes por las largas huelgas
y había que dar de comer a la larga prole.
El —ayer lo confesaba en entrevista con este periódico—
fue el que estuvo detrás de la acción de un grupo de mujeres
que lanzó cebada a los directivos de una empresa minera.
Ese cura, ahora reconocido por el pueblo, fue
el mismo que les pidió a las madres y esposas
que se unieran a la lucha de los hombres del carbón.
A ellas no les podían pegar y su fuerza era irrefutable en la causa social.
Pocos supieron por entonces que uno de los que
estaba detrás incitando a la protesta social era este sacerdote.
Un hombre que ofició misas desde los 24 a sus 40 años,
y que colgó la sotana. Se secularizó, se casó y tuvo
un hijo que hoy es un reconocido psicólogo en Barcelona.
Ese cura era el mismo que hacía reuniones clandestinas
en su casa para preparar la lucha obrera de
la cuenca de Matarrosa, de Toreno. Y por eso, una mañana
aparecieron las fuerzas del orden delante de su casa y —
al correr la noticia por las calles— allí estaban todos sus
vecinos para impedir que se lo llevaran con reprimenda.
Ese mismo tiene un amigo, también , que para este homenaje
y, pese a sus problemas de salud, estaba en primera fila
en el salón de actos de Matarrosa, apoyando de nuevo
a su colega Javier Rodríguez Sotuela. Ese cura —
que también colgó la sotana, llegó a ser gobernador
civil de Pontevedra en tiempos de Felipe González,
y fue un alto cargo en Bruselas como eurodiputado,
que fomentó programas de colaboración internacional
de la que hoy disfrutan 70 países—
se llama José Álvarez de Paz. A De Paz y a Sotuela
le llegaron a negar el pasaporte.
No faltó a la cita del homenaje a Sotuela en Matarrosa
otro y sindical que rompió barreras sociales. Conrado Alonso
Buitrón fue noticia nacional por ser minero con escaño en
el Congreso de los Diputados. Buitrón, curtido en mil batallas,
está hoy jubilado en Toreno, pero seguro que
no se olvida del denominad
o , en Astorga, que a finales de la década de los 80 permitió que
por entonces su compañero de escaño provincial,
José Luis Rodríguez Zapatero
, saliese elegido secretario provincial del PSOE, poniendo calma tras
una larga guerra intestina por el poder en el partido. Aquella base
dio pie a todo lo que deparó después a Zapatero,
ahora ex presidente del Gobierno de España.
Han pasado muchos años y el que fuera que tuvo que
trabajar de delineante en Barcelona y sacar la oposición
de educador social, Javier Rodríguez Sotuelo, hoy se dedica a
dibujar, a componer y cantar canciones de corte social, a modo
de cantautor de aquellos años de carencias de libertades.
Este octogenario que vive en paz en las tierras de San Clodio (Lugo)
no se anda con paños calientes sobre la situación política actual:
«Se nota que en política buscan más la solución a lo personal;
hay falta de coherencia y mucha ambición personal».
Cree que el actual Papa podía hacer más y
no le cala del todo su mensaje social.

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