El título de este comentario no hace referencia al clima de incertidumbre y desasosiego que ha generado la negociación entre Pedro Sánchez y los independentistas catalanes, que sólo augura un negro futuro para el país. No, estoy hablando de algo mucho más personal: de las desgracias que han sucedido a mi alrededor en las últimas semanas. Como si me hubiera cruzado con una corneja a la siniestra del camino o como si un gato negro me hubiera echado mal de ojo, no me he levantado ni un solo día a lo largo de este último tramo del año sin una mala noticia. Ayer, un muy querido amigo me anunció que su cuñada había sido diagnosticada de cáncer tras haber fallecido dos de sus hermanos por esa enfermedad. Y no quiero dar más detalles sobre desgracias que han sufrido personas cercanas, que me han puesto ante la evidencia brutal de la fragilidad de la existencia humana.
Resulta una verdad de Perogrullo, por mucho que la obviemos, que cada día que pasamos en este mundo puede ser el último. Sobre todo, cuando se cruza el umbral de los 60 años en el que empezamos a ser vulnerables a todo tipo de males. Lo peor de ir envejeciendo es la desaparición de nuestros seres queridos, empezando por nuestros abuelos, padres, tíos y parientes de la generación que nos ha precedido. Son ausencias irreparables que marcan un declive en el que nos vemos reflejados.
Con este estado de ánimo, he vuelto a tener un sueño que era recurrente en mi juventud. Lo resumiré brevemente: voy en coche por una carretera secundaria y entro en una ciudad deshabitada. No hay alma viviente y todo parece abandonado, como si sus habitantes hubieran tenido que huir de repente de sus casas. Subo a un piso, la puerta está abierta y todos los enseres están intactos, pero las paredes están cubiertas de moho y los metales se han oxidado.
El sueño llegó a ser tan real que, cuando vuelvo a Miranda, me dan ganas de coger algún camino perdido y adentrarme en él para ver si me topo con esa ciudad fantasma, ya que persiste en mi interior la sensación de que ese lugar abandonado existe en los alrededores. Algo así le sucedió a Ernst Jünger cuando, a partir de una pesadilla, escribió «Sobre los acantilados de mármol», un paisaje irreal y onírico que sólo puede ser producto de un sueño como el que tuvo el escritor alemán.
He intentado interpretar esa imagen de una ciudad abandonada y devastada por el tiempo, pero soy incapaz de encontrar un sentido. Me da la sensación de chocar contra un muro cuando rememoro la sensación de angustia que me produce ese sueño.
Es evidente que algo debe tener que ver con la muerte y la pérdida de los seres queridos, pero la fuerza de esa representación se impone a toda interpretación porque en mi inconsciente, por decirlo en términos freudianos, ese espacio imaginario existe.
No podemos exorcizar los sueños ni desterrar los fantasmas ni eludir el destino. La vida es un misterio que no podemos desentrañar.Pedro García Cuartango

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